lunes, 19 de octubre de 2009

Manifestaciones (Milenio 2009)

La primera (y desde luego, la última) vez que asistí a una manifestación estaba yo en la facultad y mi nivel de confusión cerebral era tal que no tengo la menor idea de lo que se manifestaba ni qué carajo hacía yo ahí. Éramos un grupo lamentable caminando por las calles de la gran ciudad con cartulinas decoradas con plumón y gritando cosas como “¡Fulanito de tal…amigo, el pueblo está contigo!” o “¡No pasarán!” (lo anterior en función a el motivo de la manifestación que podría haber sido la liberación de un señor o el alto a las cuotas, pero como ya expliqué, no lo recuerdo).
Los que vivimos en esta muy noble y leal ciudad de México somos seres curtidos en el arte de enfrentar las manifestaciones como los antiguos enfrentaban las siete plagas bíblicas. Va uno muy tranquilo sobre eje central cuando de pronto se aparece una turba comandada por algún luchador social que se interpone entre el auto y su destino mientras empieza a arengar a los manifestantes que normalmente son gente que no tiene la menor idea de lo que hace ahí pero sí la conciencia de que le conviene asistir so pena de perder una lana, una torta o el crédito de una casa. Tengo la impresión de que los motivos de los marchantes han perdido vigor ya que bastan veinte señores y señoras que están muy molestos porque se instalará una gasolinera o porque en su escuela la directora es una arpía para bloquear la lateral de periférico y exigir una solución. El libro de procedimientos gubernamentales es previsible como un meteorito y consiste en pedirle a los quejosos que formen una comisión que dialogará con la autoridad para “analizar el caso”, lo que sigue es una muestra de capote por parte del funcionario correspondiente, una nube de gente insolándose, policías observando el evento con cara de nada y cientos de automovilistas mentando madres.
Las reacciones también son predecibles y de una hueva infinita. Los legisladores dicen que “hay que regular las marchas” y no regulan (seamos castizos) una chingada, los líderes de opinión edulcorados argumentan que “las manifestaciones no deben violar los derechos de terceros” y los resguardatarios de derechos humanos exclaman que “hay que respetar el derecho a la libre manifestación”. El resultado es tan productivo como un encuentro intelectual con Capulina y las manifestaciones se multiplican como los panes, día con día.
Dentro de la tipologías de manifestantes se encuentran varias categorías. Los hay efectistas que arrastran reses hasta una secretaría de Estado para luego sacrificarlas, otros bloquean carreteras, algunos portan machetes y unos más tiene una capacidad logística digna de los boy scout que les permite en diez minutos llegar al zócalo instalar un camping, poner anafres, orinarse en los arriates y pernoctar durante semanas volviéndose parte del paisaje urbano, lo mismo que un pirul. Sin embargo los que me parecen insuperables son los señores y señoras de los cuatrocientos pueblos que comparten costumbres con Wanda Seux, esto es, encuerarse porque pasó la mosca. El espectáculo es notable, porque notable debe ser que uno vaya caminado por avenida de la Reforma a cambiar un cheque cuando al doblar la esquina y de la nada le salga un señor desnudo que quiere la justicia social.
Hace poco el doctor Mondragón y Kalb dijo lo que pensaba y que se resume en la siguiente frase “si de mí dependiera los sacaba a patadas”. De inmediato se produjo la mexicanísima reacción en cadena. “Que se disculpe” dijeron los políticamente correctos “tiene razón” pensaron los políticamente incorrectos y lo que vino después fue el papelón ese de salir al paso y decir cosas como “se me interpretó mal”, que es francamente una salida muy poco digna. El caso es que en esta ciudad vivimos las manifestaciones como un rasgo cotidiano y distintivo. Como no le veo remedio sugiero que nuestras autoridades de turismo, incorporen en sus planitos y rutas el tema de los marchantes explicando que esa gente encuerada, o la que trae machetes, o la que le mienta la madre a las injusticias de la vida, es parte de nuestros usos y costumbres y en consecuencia patrimonio capitalino. De esta manera creo que evitaremos frustraciones ¿o no?

sábado, 17 de octubre de 2009

La electricidad y yo (El Financiero 1995)

Mi primer contacto con la electricidad se produjo a través de una descarga de 40 megawatts que me dejó babeando y con los pelitos de los dedos completamente chamuscados. Estaba yo tratando de cambiar el canal de una tele de bulbos, en la que Capulina decía "jioti-jioti", cuándo pisé un charco de agua. Como no tenía zapatos, me convertí, de acuerdo con la ley de Ohm, en una especie de conductor gordito que llevó la electricidad desde mi colédoco hasta la punta de la coronilla. "Esto -- pensé-- es la última vez que me pasa."

El pronóstico no se cumplió, ya que para entrar a la casa de un amigo muy cercano era menester tocar un timbre de metal que dejaba pegado al visitante en tiempo de lluvias. En los últimos años mis experiencias han tenido un carácter -- digamos, moderno-- pero de iguales resultados. Por ejemplo, al tratar de conectar el módem de mi computadora a la línea telefónica obtuve el último contacto con una corriente de electrones (la uña me quedó negra y luego se cayó). Todo lo anterior me hizo reflexionar sobre la evolución de los aparatos eléctricos. Antes comprar un radio, enchufarlo y prenderlo, era más fácil que aplastar un merengue a sentones; ahora las cosas han cambiado. A continuación describiré algunas de las perversidades que -- me parece-- han generado esos cambios.

Por alguna razón -- que supongo a todo mundo le debe valer madre-- , las clavijas ortodoxas han pasado de los piquitos de metal plano a contar con la presencia de otro piquito de metal redondo que debe servir para muchas cosas menos para conectarse a una toma de corriente normal. Esto determina que haya que salir a las siete de la noche, en medio de la lluvia para comprar la cuchufleta que resuelva el problema: "Me da un adaptador trifásico" dice uno como baboso, sin entender lo que está pidiendo.

Otra variante del cambio tecnológico es la de los aparatos que utilizan clavijas que tienen, por un lado, un piquito normal y, por el otro, un componente acromegálico. Dicho cambio produce escenas profundamente indecorosas, por ejemplo la de un tipo hincado en el piso mentando madres, mientras le atiza con un martillo a una clavija para que entre a huevo.

Una degradación más de los tiempos que vivimos tiene que ver con la complejidad de los aparatos eléctricos. Cuando se compra -- digamos-- un equipo de sonido y se abre la caja, brota, como una plaga, una serie de cables que miden en su conjunto por lo menos seis metros. La utilidad de dichos cables (que se almacena en un cajón) es comprendida por el comprador cuando los bafles estallan sin remedio debido a que no se conectó el regulador de impedancia.

Los manuales, en los que antes el comprador se felicitaba por la sabiduría de su compra, se han convertido en documentos legibles con la condición de que se tenga un doctorado en la universidad de Harvard. Cuando uno ve las grafiquitas llenas de circuitos de colores que parecen la línea 3 del Metro no puedo sino sentir desaliento. Hace muy poco mi cuñado Alberto compró una cafetera ultramoderna, el día del estreno nos sentamos todos a la mesa llenos de expectativas. En el momento cumbre, en lugar de un chorro de café exprés brotó de las profundidades de la cafetera un sonido equivalente al que los coches emiten cuando se desbielan. Al abrir el manual nos percatamos que eran necesarios doce pasos previos que habíamos omitido. Es culpa de los alemanes, concluimos.

La última perversión de los aparatos eléctricos que se me ocurre tiene que ver con la demanda energética que requieren. Recientemente adquirimos una lavadora ultramoderna que manifestó su eficiencia el jueves por la noche, en el preciso instante que dejó a Sabina cantando como Antonio Badú y yo pensé que había perdido la vista. Cuando tratamos de entender qué sucedía, observamos (científicamente) que a cada vuelta de mi camisa en la lavadora, correspondía un apagón terrible.

Actualmente vivimos como refugiados en la guerra civil pero eso sí... bien limpiecitos.

Medio siglo...

Es la edad que estoy alcanzando el día de hoy. Madre mía.

viernes, 16 de octubre de 2009

14 000

Madre mía llegué a esa cifra y ni me enteré. Gracias a todos por seguir en este congal
FCG

Ídolos (La Mosca 2007)

La televisión es una fuente de imbecilidad profundamente inconmensurable. Uno puede encontrar a una señora que es señor y da el horóscopo para luego cambiar de canal y encontrarse con una gorda que modera un programa en el que los asistentes cuentan sus miserias emocionales y se agarran a madrazos porque pasó la mosca (en la pared). Solo en una pantalla de veintiun pulgadas uno puede hallar gente como el perro Bermudez que desde mi punto de vista es un crimen de lesa humanidad o a una nube de idiotas que dan brinquitos en una tabla simulando un circo para que una nube más amplia de idiotas aplaudan. En la tele también he visto a un señor que se llama Jaime Maussan cuyas características distintivas son las de tener un ojo chueco, hablar muy raro y anunciarnos que los ovnis nos visitan diariamente de tres a seis, lo que siempre me deja la duda de por qué solo los ve él y no el resto de los mortales. El misterio es que a través de estos “avistamientos” este buen hombre se ha hecho de un modo digno de vivir.
Muy bien, las reglas son esas y el que no las quiera aceptar puede simplemente no prender la televisión o fugarse al pico de Orizaba, como no es mi caso, de noche en noche prendo el aparato e invariablemente me quedo estupefacto de lo que veo. Esta vez me encontré con una madre que se llama “American Idol” cuyo formato es elemental, se trata de que una turba de señores y señoras que creen que cantan, se expongan ante un jurado que describiré a continuación: primero hay un gordo de color negro que se viste como se visten los padrotes de balneario y que por algún misterio semántico llama “dog” a los concursantes varones, luego está una señora que se peina con tubos, se llama Paula Abdul y, según me relatan mis fuentes, conoció en el sentido bíblico a uno de los concursantes. El tercero en discordia es un señor británico que tiene el pelo como las laderas del nevado de Toluca y tiene la virtud de ser mamoncísimo, se llama Simon y aparentemente todo mundo sabe lo que le espera al encontrarse con él.
El programa inicia con un jovenazo que es el presentador y que da entrada a los concursantes. Normalmente los proto cantantes son gente que debe vivir aislada en las montañas ya que cantan como la mamá del muerto a gritos y haciendo el ridículo. El siguiente paso es que los jurados los hagan mierda y salgan de un cuartito muy molestos. De vez en cuando hay uno o una que no lo hace tan mal y recibe un veredicto aprobatorio que le hace dar brincos, llorar y abrazar a su señora madre que espera afuera llena de ansiedad.
Los cantantes son eliminados como en la canción de los perritos y cuando ya queda una docena se le junta con algún señor que es famoso (el que a mí me toco en suerte observar se llama Barry Gibb o lo que queda de él). El famoso se pone al lado de un piano y les pide a la docena que canten sus canciones, los concursantes lo hacen y les da consejitos del tipo “cuando llegues a esta nota infla el pecho” y luego los elegidos van al salón de belleza y se presentan en un salón enorme con orquesta y todo. El público es netamente gringo, es decir gordo, y aplaude mientras un letrerito nos anuncia cosas como “familiares de fulanito de tal”. Uno de los participantes que era igualito a Mowgli y se llamaba Shamalaya, Shajualalua o algo así cantó algo espantoso y fue pasado por las armas por los miembros del jurado, lo que provocó un pleito entre el maestro de ceremonias y el del pelo como el nevado. Me quedé muy impresionado de ellos y de mí que tuve el temple de ver el programa completo y correr a escribir esta nota para que ustedes, queridos lectores, me digan si soy un pendejo que no entiende las cosas de la vida moderna.