viernes, 2 de octubre de 2009

Los chicos de la prensa (Digresiones con resortera, Lectorum 2004)

A veces me imagino a un editor de periódico, como una especie de energúmeno que se para enfrente de un grupo de jóvenes reporteros asustados y grita: “¡la nota, quiero la nota!”. Como en estos tiempos lo que se considera “nota” es la de un señor mentándole la madre a otro o la de un funcionario público orinándose en la misma vía, es decir, la pública, se provoca un efecto que a mi juicio es terriblemente perverso y que trataré de desenhebrar en esta colaboración.
Un día, llegó una buenona, que ignoro si es Salma Hayek, Cristina Aguilera o una tenista rubia cuyo nombre no recuerdo pero cuya principal virtud consiste en algo que me da vergüenza comentar con usted. El hecho es que al bajar del avión, la asaltó algo que el diccionario enciclopédico podría calificar como “turba” que: a) le metió 64 micrófonos debajo de la barbilla, b) probablemente también le metió mano y c) le preguntó idioteces como: “qué se siente llegar a México?” o “¿qué opinas de los mexicanos?” (me gustaría que algún día alguien respondiera: “que son una nube de pendejos”, a ver qué pasa). La respuesta esperable y comprensible consistió en la aparición de tres animalotes que en medio de madrazos, sacó a la diva con rumbo a su camioneta. Al día siguiente todos los
medios registraron que fulanita de tal era una mamonaza , que sus gorilas eran unos animales y que México no debería recibir a personas así.
Se tenía la nota.
Desde luego a nadie se le ocurrió reflexionar sobre la posibilidad de que a la buenona no le diera la gana ofrecer una declaración, que le asustara la masa o que el ataque fuera tipificado por la convención de Ginebra como una violación tumultuaria ¿por qué? Por la enorme sensación de impunidad que genera el tener una tribuna en la que se le puede arrear al prójimo de manera permanente sin una posibilidad de respuesta equivalente.
Una primera pregunta muy pertinente tiene que ver con lo que se considera un asunto público, y no se me ocurre como la figura de Raúl Salinas en posición de decúbito prono con una española buenona en un yate veraniego, pueda serlo. ¿Es eso una noticia? ¿de qué tipo? Probablemente de que el señor Salinas tiene los medios y las posibilidades de hacer algo que ya quisieran para un día de fiesta 9 de cada 10 mexicanos, pero eso, asumo, solo le debería interesar a la señora Bernal, a Salinas y al dueño del yate y no convertirse en la primera plana de un periódico nacional cuyos directivos probablemente tienen sus propios yates y sus propias buenonas. Todo lo anterior ha derivado en el penoso hecho de que los hombres y mujeres públicos se conviertan en una imagen amplificada de San
Francisco de Asís con el fin de evitar que los agarren en la maroma, en lugar de decirle a la prensa de que se ocupe de sus asuntos.
Entiendo que par que alguien que se siente ofendido por algún exceso periodístico pueda prosperar en su demanda, se necesita acreditar una cosa que se llama dolo cuya demostración científica requiere de una inspección cerebral del agresor con el fin de encontrar una zona en la que aparezca un letrero que dice: “si, me lo quería chingar”. Como tal cosa es imposible, la legislación en la materia es una especie de letra muerta y cuando a alguien se le ocurre actualizarla y pedir algo que se nos pide a todos, es decir, que las cuentas se rindan, de inmediato se presenta una reacción en la que se invoca que la censura es algo que este país ya superó y que las reformas son inaceptables.
Los medios se han convertido en una especie de catapulta en la que el que tiene posibilidades influencia o dinero, deposita sus piedrotas con el fin de sorrajarle la cabeza al enemigo. Esta especie de picota pública no parece tener remedio, es por ello que mi consejo a personajes relevantes es que si tienen decidido meterse en un jacuzi con su contraparte en la sierra Tarahumara y encuerados, se cuiden de que no hay telefotos a la redonda.

jueves, 1 de octubre de 2009

¿Quién ama a Paquita Gallego? (Digresiones con resortera, Lectorum 2004)

Descubrí que era un niño diferente el día que vi, como Napoleón las pirámides, los senos de Fanny Cano en una telenovela que se llama “Ruby”. Si la memoria no me traiciona, la señora Cano era una villanaza llevada de la mala que cometía atrocidades terribles. Esa fue la primer lección; normalmente las mujeres perversas en las comedias están infinitamente más buenas que las heroínas.
Mucha agua ha corrido desde entonces, los que eran galanes en mis tiempos, hoy son una bola de viejitos seniles que utilizan gazné y se pintan el pelo, además las tramas se han modernizado y ahora incluyen temas que hubieran causado un supiritaco social hace veinte años, como la homosexualidad o el adulterio femenino, patrones sociales que por cierto se presentan desde que el hombre es hombre y la mujer, mujer.
Nunca, lo que se dice nunca he visto completa una telenovela y no hago esta declaración presa del mismo orgullo de los mamones que se sienten intelectuales y todo les sabe a quesadilla. En realidad es un problema –supongo- de oportunidad ya que los horarios en que se transmiten lo que las viejas chotas llaman “comedias” están pensados para todo aquel ciudadano libre que no tenga empleo fijo. Si embargo, algunas observaciones sí he hecho sobre un tema tan apasionante y es mi interés compartirlas con usted.
Lo primero que uno nota al ver una telenovela es que la gente buena lo es hasta la imbecilidad, esta especie cotiza en bolsa bajo la razón social de la santidad; son leales, fieles, honestos y cariñosos. Nunca se dan cuenta que los que están a su lado los quieren pasar a perjudicar. Desde luego nos encontramos con un grupo de mutantes que en una hipótesis atrevida, mas no por ello carente de juicio, podrían haber descendido el jueves de la nave especial o son de plano idiotas. Los villanos, en cambio, son más interesantes, como ya expliqué, las féminas son despampanantes y normalmente lujuriosas como el diablo. A los señores villanos nada les importa; babean bilis, le ponen los cuernos a sus amigotes o se clavan lana y urden intrigas dignas hijas de su inteligencia, como por ejemplo, chingarle los frenos al coche, violar doncellas entre risas malvadas o andar con el chisme de que la heroína es una mujer liviana.
En toda telenovela que se respete hay una figura que es la chistosa, por algún misterio que tiene que ver con la idiotez humana, este señor normalmente es uno que habla como vendedor de Tepito y que utiliza este vocabulario para desenvolverse entre personas que tienen casa en Mónaco, normalmente dicho personaje es medio ladrón y mentiroso, sin embargo la propuesta escénica lo presenta como un “pícaro encantador” (sentí un escalofrío al escribir: “pícaro encantador”).
De las tramas mejor ni hablamos ya que normalmente han sido diseñadas por alguien que padece una forma avanzada de oligofrenia. Lo normal es que a alguien le vaya como la chingada (entre la opciones pueden ser que se quede ciego, sufra un traumatismo cráneo encefálico que le impida reconocer a su señora madre o que sea acusado de un asesinato que no cometió) y se reponga a base de esfuerzo hasta casarse con el hombre o la
mujer de sus sueños. El villano, en cambio, lleva siempre un castigo ejemplar que puede consistir en acabar en el bote, sufrir alguna mutilación terrible o terminar babeando mocos en una alfombra mientras grita que no.
Lo último que llama mi atención son los títulos; hace unos días descubrí con cierto sobresalto que existe una telenovela de nombre: “Yo amo a Paquita Gallego”. Ignoro quién es Paquita Gallego pero me imagino que para amar a alguien con semejante nombre hay que tener una gran entereza moral. Con tal apelativo pienso en una señora de sesenta años con chongo y lunar de verruga que hace champurrados y teje la calceta a las seis de la tarde.
También se pueden encontrar nombres como “La chacala”, que debe ser bravísima o “Los ricos también lloran” que, como se sabe, es un momento que ocurre cuando pierde Guadamur en el Hipódromo o se divorcian las infantas de España.
Espero que usted, querido lector, que se toma la molestia de escribirme, me aclare por lo menos quién es Paquita Gallego... en un descuido la podría amar.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El caramelito y los extraterrestres (Digresiones con resortera, Lectorum 2004)

Felipe, el de Mafalda, dijo alguna vez que el riesgo de traer las orejas puestas es que uno se expone a oír cosas que lo pueden petrificar. La verdad infinita de esta frase se convirtió en dogma de fe para un servidor hace unos al escuchar el controvertido programa “Media hora en la vida de José Luis Cuevas” . El formato de la serie es realmente muy simple; nuestro insigne y nacional pintor es entrevistado durante treinta minutos por una joven babeante e incondicional. Bien, en algún momento maese Cuevas relató su primera –y muy interesante— experiencia sexual. Parece ser que una vieja verde le dijo cuando tenía muy corta edad: (mucha atención) “niño José Luis, ¿me dejas ver el caramelito que tienes en el pantalón?”. En ese instante le di un tope al coche de enfrente por el sobresalto que me causó la declaración de marras. No pude más cuando la entrevistadora comentó: “José Luis, en estos días se cumplirá el (aquí entra un número) aniversario de tu primera relación sexual ¿cuáles son tus recuerdos?”
Cambié de Frecuencia.
El riesgo de traer las orejas puestas se volvió a manifestar poco tiempo después cuando prendí la televisión sintonicé (sé que si hay un Dios en el cielo, me perdonará) “Súper vacaciones”, allí encontré a un payaso llamado “Lagrimita” que habla como estúpido y que incita a los niños a que se den de almohadazos. Su compañero era un panzón acromegálico con voz de matraca que dijo (mucha atención) “los dinosaurios, esos temibles animales prehispánicos”.
Esta historia de frases y orejas se inicia muy temprano en la vida cuando nuestro maestro de Geografía, el malogrado “Tlaloc” (por su enorme parecido con el dios de la lluvia) nos platicó durante una de sus clases que el maíz no era originario de Mesoamérica, como ordinariamente se pensaba, sino (mucha atención) extraterrestre y que había sido
depositado en nuestro planeta por seres superinteligentes que, de esta manera, ayudarían a la raza humana. El azoro que nos causó tal declaración bastó para ponerle una paloma de cinco pesos en el excusado que llenó a todos; a él de orines y a nosotros de rayos ultravioleta, ya que nos castigaron dejándonos un día entero al rayo del sol en el patio escolar.
Luego vino el “Tontín” otro docente de ejemplar estupidez que un día, durante una inolvidable clase de anatomía, propuso la teoría del “muchacho bueno” al decirnos que en las películas de vaqueros, el muchacho bueno invariablemente le atinaba en la cabeza a la amenazadora serpiente de cascabel, no porque fuera muy buen tirador sino (mucha atención) debido a que la serpiente detectaba al calor de la bala que venía hacia ella y con la rapidez de Flash (así dijo) la atacaba.
Pobre hombre.
En realidad el mundo está lleno de ideas inquietantes. La Secretaria del SNTE declara que: “volarán como águilas, porque a las moscas las vuelan los sombrerazos” , algún idiota del que afortunadamente he olvidado el nombre dice: “el polo no es un deporte elitista”.
Debemos urgir a los especialistas en diseño ortopédico para que trabajen intensamente en la creación de un filtro auditivo que nos permita diferenciar lo sublime de o ridículo. De otra manera, los caramelitos y los extraterrestres se apoderarán del planeta de una vez y para siempre.

martes, 29 de septiembre de 2009

Fragmento de la Sala Oscura (Paidós 2002)

En la pantalla se aprecia a Santo, el enmascarado de plata, hablando por teléfono. Con voz grave dice: “inspector, creo que debemos conocernos”. La escena cambia y se aprecia que del otro lado de la línea se encuentra el inspector, uno de bigotito y sombrero con pluma de perico australiano que contesta: “de acuerdo Santo, le propongo la iglesia de Coyoacán a las 12 de la noche”. El Santo, en lugar de responderle al inspector que no sea pendejo y que mejor se vean en una oficina a hora razonable, contesta “entendido” y cuelga el teléfono.
La siguiente escena nos muestra al inspector en una explanada desierta caminando en círculos y fumándose un cigarro. En ese momento llega un MG color plata del que baja pegando un brinco y no por la puerta, un señor sin camiseta y con las tetillas de fuera. Lleva además una capa plateada, unas botas plateadas y unas mallas de bailarina que se faja hasta el esternón. La cabeza va enfundada en una máscara también plateada. Camina dando brinquitos, llega con su interlocutor y pregunta: “¿inspector?”. La respuesta del inspector, me parece, ilustra la lucidez de mucho del cine mexicano: “¿es usted el Santo?”.
Mi primera conciencia de que el cine mexicano era defectuoso la adquirí el día que le vi el reloj a uno que se suponía era indio zacapoaxtla y descuartizaba franceses utilizando un machete de ferretería. Las confirmaciones posteriores fueron múltiples; vi a Alberto Vázquez confesar que era culpable a los gritos mientras su padre fílmico (don Fernando Soler) se mantenía impasible a pesar de que doña Amparo Rivelles le reiteraba lo bueno que era el muchacho, también descubrí que a Clavillazo lo querían perjudicar unos señores con cara de bacalaos noruegos, que provenían del espacio exterior y cantaban cha-cha-cha. En algún momento desesperado llegué a la dolorosa conclusión de que el asunto no tenía remedio y dejé de ver cine nacional durante más de diez años, sin que en ello mediara malinchismo alguno (siempre he creído que a un país no se le puede odiar o amar en abstracto a menos que a uno lo eduquen con tales valores que por ningún motivo son los míos). Afortunadamente las cosas han cambiado y hoy podríamos afirmar con cierto grado de certeza que todo marcha mejor, que la industria cinematográfica ha recobrado su aliento e inicia una lenta recuperación lo que aquí entre usted y yo me parece magnífico.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Antónimo de anfibología (El Financiero 2006)

Leo, con cierto sobresalto, que 260 mil estudiantes están presentando un examen en el momento que yo redacto estas líneas. ¿Qué les irán a preguntar? ¿Cuántos de ellos llevarán un acordeón? ¿Cuántos una estampita de San Carlos Borromeo? ¿Quiénes le habrán pedido al primo que se las sabe de todas todas que resuelva las preguntas clandestinamente? La verdad es que no lo sé. Lo que sí recuerdo de estos exámenes se remonta al cretácico, cuando yo mismo fui uno de esos estudiantes nerviosos que llegaron con su lápiz del dos esperando un milagro de la guadalupana. La experiencia la puedo catalogar como siniestra y transformadora. Aún no puedo resolver un examen y mucho menos aplicarlo.

Las preguntas que nos hicieron eran extrañísimas y parecían redactadas por alguien que inhalaba tíner o era de plano idiota perdido. Había unas facilísimas, categoría en la que cabía el antónimo de blanco, y otras que no hubiera contestado Von Braun. Recuerdo por ejemplo que una de matemáticas decía más o menos así: "Hay una cubeta con nueve litros de agua de chía; Juan llega primero y se toma dos terceras partes, luego Federico toma un octavo y Luisito, que llegó al último, solamente toma un noveno. ¿Cuánto líquido queda en la cubeta?" Al recibir la pregunta puse los ojos en blanco y me quedé pensando en Juan, en Luisito y en la tiznada madre del autor de la idea. Luego descubrí que la única proporción que me sabía era la de 1/4, que era la probabilidad de acertar la respuesta al tin marín... aún no sé el resultado y así me fuera la vida en ello (por ejemplo que Demi Moore ofreciera establecer comercio carnal a cambio de la respuesta) no sabría qué contestar.

Exámenes.

Otro momento alucinante ocurrió durante las preguntas de historia. En muchas de ellas se trataba de establecer cronologías y entonces había que decir qué fue primero si la conquista o la reforma. Supongamos (sin conceder) que el asunto no tenía chiste, pero ¿qué pasaba si entre las etapas históricas alguien con muy mala leche o muy mala madre introducía el término "segundo imperio", que fue exactamente lo que ocurrió? Yo, que me enteré esa mañana de dicho concepto, estuve tentado de escribir Napoleón Bonaparte, y volví al tin marín. Cuándo le expliqué más tarde a mi señora madre --que compartía todos mis méritos académicos-- el asunto y ella me explicó a su vez que la pregunta se refería a Maximiliano, me di un tope en la cabeza y sentí que la vida no valía nada.

En biología la cosa no estuvo nada fácil. Se preguntaba, por ejemplo: de las siguientes opciones ¿cuál representa a una dicotiledónea? y luego se enlistaban: las fanerógamas, los frijoles, las cucurbitáceas y las melastomatáceas. En ese caso opté (correctamente) por la única respuesta que me sonaba familiar, que era la de los frijoles. Y santo remedio.

Al momento de terminar el examen con mi lápiz del dos, decidí que si me aceptaban sería sólo porque Dios sí existía y durante los dos meses que tardaron en llegar los resultados sufrí una seria transformación espiritual. En esos tiempos era de todos conocido que si el resultado llegaba en un sobre gigante, el asunto había valido madre y si, en cambio, venía en un sobrecito no podrían ser otra cosa que buenas noticias. Al final llegó un sobre de tamaño normal en el que se me anunciaba que había sido aceptado. Mi regocijo se vino abajo ante el ácido comentario de alguien que hoy quiero mucho, que dijo: "Pues sí, siempre hay gente más pendeja que uno".

Francamente espero que los pobres 260 mil estudiantes no pasen ese trago amargo. Que se haya decidido que hay cosas más importantes en la vida que el agua de chía y las cucurbitáceas, y que el señor que hacía los exámenes se haya muerto. Vaya pues mi simpatía para los que estudiaron, para los que no estudiaron y para los que van a volar. En ese caso, la mejor estrategia es buscar a alguien que tenga peor cara y sentirse satisfecho a cambio del dolor ajeno.