miércoles, 30 de septiembre de 2009

El caramelito y los extraterrestres (Digresiones con resortera, Lectorum 2004)

Felipe, el de Mafalda, dijo alguna vez que el riesgo de traer las orejas puestas es que uno se expone a oír cosas que lo pueden petrificar. La verdad infinita de esta frase se convirtió en dogma de fe para un servidor hace unos al escuchar el controvertido programa “Media hora en la vida de José Luis Cuevas” . El formato de la serie es realmente muy simple; nuestro insigne y nacional pintor es entrevistado durante treinta minutos por una joven babeante e incondicional. Bien, en algún momento maese Cuevas relató su primera –y muy interesante— experiencia sexual. Parece ser que una vieja verde le dijo cuando tenía muy corta edad: (mucha atención) “niño José Luis, ¿me dejas ver el caramelito que tienes en el pantalón?”. En ese instante le di un tope al coche de enfrente por el sobresalto que me causó la declaración de marras. No pude más cuando la entrevistadora comentó: “José Luis, en estos días se cumplirá el (aquí entra un número) aniversario de tu primera relación sexual ¿cuáles son tus recuerdos?”
Cambié de Frecuencia.
El riesgo de traer las orejas puestas se volvió a manifestar poco tiempo después cuando prendí la televisión sintonicé (sé que si hay un Dios en el cielo, me perdonará) “Súper vacaciones”, allí encontré a un payaso llamado “Lagrimita” que habla como estúpido y que incita a los niños a que se den de almohadazos. Su compañero era un panzón acromegálico con voz de matraca que dijo (mucha atención) “los dinosaurios, esos temibles animales prehispánicos”.
Esta historia de frases y orejas se inicia muy temprano en la vida cuando nuestro maestro de Geografía, el malogrado “Tlaloc” (por su enorme parecido con el dios de la lluvia) nos platicó durante una de sus clases que el maíz no era originario de Mesoamérica, como ordinariamente se pensaba, sino (mucha atención) extraterrestre y que había sido
depositado en nuestro planeta por seres superinteligentes que, de esta manera, ayudarían a la raza humana. El azoro que nos causó tal declaración bastó para ponerle una paloma de cinco pesos en el excusado que llenó a todos; a él de orines y a nosotros de rayos ultravioleta, ya que nos castigaron dejándonos un día entero al rayo del sol en el patio escolar.
Luego vino el “Tontín” otro docente de ejemplar estupidez que un día, durante una inolvidable clase de anatomía, propuso la teoría del “muchacho bueno” al decirnos que en las películas de vaqueros, el muchacho bueno invariablemente le atinaba en la cabeza a la amenazadora serpiente de cascabel, no porque fuera muy buen tirador sino (mucha atención) debido a que la serpiente detectaba al calor de la bala que venía hacia ella y con la rapidez de Flash (así dijo) la atacaba.
Pobre hombre.
En realidad el mundo está lleno de ideas inquietantes. La Secretaria del SNTE declara que: “volarán como águilas, porque a las moscas las vuelan los sombrerazos” , algún idiota del que afortunadamente he olvidado el nombre dice: “el polo no es un deporte elitista”.
Debemos urgir a los especialistas en diseño ortopédico para que trabajen intensamente en la creación de un filtro auditivo que nos permita diferenciar lo sublime de o ridículo. De otra manera, los caramelitos y los extraterrestres se apoderarán del planeta de una vez y para siempre.

martes, 29 de septiembre de 2009

Fragmento de la Sala Oscura (Paidós 2002)

En la pantalla se aprecia a Santo, el enmascarado de plata, hablando por teléfono. Con voz grave dice: “inspector, creo que debemos conocernos”. La escena cambia y se aprecia que del otro lado de la línea se encuentra el inspector, uno de bigotito y sombrero con pluma de perico australiano que contesta: “de acuerdo Santo, le propongo la iglesia de Coyoacán a las 12 de la noche”. El Santo, en lugar de responderle al inspector que no sea pendejo y que mejor se vean en una oficina a hora razonable, contesta “entendido” y cuelga el teléfono.
La siguiente escena nos muestra al inspector en una explanada desierta caminando en círculos y fumándose un cigarro. En ese momento llega un MG color plata del que baja pegando un brinco y no por la puerta, un señor sin camiseta y con las tetillas de fuera. Lleva además una capa plateada, unas botas plateadas y unas mallas de bailarina que se faja hasta el esternón. La cabeza va enfundada en una máscara también plateada. Camina dando brinquitos, llega con su interlocutor y pregunta: “¿inspector?”. La respuesta del inspector, me parece, ilustra la lucidez de mucho del cine mexicano: “¿es usted el Santo?”.
Mi primera conciencia de que el cine mexicano era defectuoso la adquirí el día que le vi el reloj a uno que se suponía era indio zacapoaxtla y descuartizaba franceses utilizando un machete de ferretería. Las confirmaciones posteriores fueron múltiples; vi a Alberto Vázquez confesar que era culpable a los gritos mientras su padre fílmico (don Fernando Soler) se mantenía impasible a pesar de que doña Amparo Rivelles le reiteraba lo bueno que era el muchacho, también descubrí que a Clavillazo lo querían perjudicar unos señores con cara de bacalaos noruegos, que provenían del espacio exterior y cantaban cha-cha-cha. En algún momento desesperado llegué a la dolorosa conclusión de que el asunto no tenía remedio y dejé de ver cine nacional durante más de diez años, sin que en ello mediara malinchismo alguno (siempre he creído que a un país no se le puede odiar o amar en abstracto a menos que a uno lo eduquen con tales valores que por ningún motivo son los míos). Afortunadamente las cosas han cambiado y hoy podríamos afirmar con cierto grado de certeza que todo marcha mejor, que la industria cinematográfica ha recobrado su aliento e inicia una lenta recuperación lo que aquí entre usted y yo me parece magnífico.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Antónimo de anfibología (El Financiero 2006)

Leo, con cierto sobresalto, que 260 mil estudiantes están presentando un examen en el momento que yo redacto estas líneas. ¿Qué les irán a preguntar? ¿Cuántos de ellos llevarán un acordeón? ¿Cuántos una estampita de San Carlos Borromeo? ¿Quiénes le habrán pedido al primo que se las sabe de todas todas que resuelva las preguntas clandestinamente? La verdad es que no lo sé. Lo que sí recuerdo de estos exámenes se remonta al cretácico, cuando yo mismo fui uno de esos estudiantes nerviosos que llegaron con su lápiz del dos esperando un milagro de la guadalupana. La experiencia la puedo catalogar como siniestra y transformadora. Aún no puedo resolver un examen y mucho menos aplicarlo.

Las preguntas que nos hicieron eran extrañísimas y parecían redactadas por alguien que inhalaba tíner o era de plano idiota perdido. Había unas facilísimas, categoría en la que cabía el antónimo de blanco, y otras que no hubiera contestado Von Braun. Recuerdo por ejemplo que una de matemáticas decía más o menos así: "Hay una cubeta con nueve litros de agua de chía; Juan llega primero y se toma dos terceras partes, luego Federico toma un octavo y Luisito, que llegó al último, solamente toma un noveno. ¿Cuánto líquido queda en la cubeta?" Al recibir la pregunta puse los ojos en blanco y me quedé pensando en Juan, en Luisito y en la tiznada madre del autor de la idea. Luego descubrí que la única proporción que me sabía era la de 1/4, que era la probabilidad de acertar la respuesta al tin marín... aún no sé el resultado y así me fuera la vida en ello (por ejemplo que Demi Moore ofreciera establecer comercio carnal a cambio de la respuesta) no sabría qué contestar.

Exámenes.

Otro momento alucinante ocurrió durante las preguntas de historia. En muchas de ellas se trataba de establecer cronologías y entonces había que decir qué fue primero si la conquista o la reforma. Supongamos (sin conceder) que el asunto no tenía chiste, pero ¿qué pasaba si entre las etapas históricas alguien con muy mala leche o muy mala madre introducía el término "segundo imperio", que fue exactamente lo que ocurrió? Yo, que me enteré esa mañana de dicho concepto, estuve tentado de escribir Napoleón Bonaparte, y volví al tin marín. Cuándo le expliqué más tarde a mi señora madre --que compartía todos mis méritos académicos-- el asunto y ella me explicó a su vez que la pregunta se refería a Maximiliano, me di un tope en la cabeza y sentí que la vida no valía nada.

En biología la cosa no estuvo nada fácil. Se preguntaba, por ejemplo: de las siguientes opciones ¿cuál representa a una dicotiledónea? y luego se enlistaban: las fanerógamas, los frijoles, las cucurbitáceas y las melastomatáceas. En ese caso opté (correctamente) por la única respuesta que me sonaba familiar, que era la de los frijoles. Y santo remedio.

Al momento de terminar el examen con mi lápiz del dos, decidí que si me aceptaban sería sólo porque Dios sí existía y durante los dos meses que tardaron en llegar los resultados sufrí una seria transformación espiritual. En esos tiempos era de todos conocido que si el resultado llegaba en un sobre gigante, el asunto había valido madre y si, en cambio, venía en un sobrecito no podrían ser otra cosa que buenas noticias. Al final llegó un sobre de tamaño normal en el que se me anunciaba que había sido aceptado. Mi regocijo se vino abajo ante el ácido comentario de alguien que hoy quiero mucho, que dijo: "Pues sí, siempre hay gente más pendeja que uno".

Francamente espero que los pobres 260 mil estudiantes no pasen ese trago amargo. Que se haya decidido que hay cosas más importantes en la vida que el agua de chía y las cucurbitáceas, y que el señor que hacía los exámenes se haya muerto. Vaya pues mi simpatía para los que estudiaron, para los que no estudiaron y para los que van a volar. En ese caso, la mejor estrategia es buscar a alguien que tenga peor cara y sentirse satisfecho a cambio del dolor ajeno.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Es por tu bien (Antología: Prohibido fumar. Lectorum 2008)

--Voy a dejar de Fumar.
El anuncio era así de simple pero inesperado como una tormenta de nieve en el Sahara.
Gualterio había cedido la plaza después de cuarenta años. Los primeros indicios de alarma se habían generado hacía ya tiempo durante una visita a Estados Unidos; se trataba de una estancia de una semana con el propósito de asistir a un encuentro de escritores. Como casi cualquier coloquio de esta índole se encontraban hombres de mediana edad con ropa obscura, mirada fija y un libro propio bajo el brazo que revisaban los caminos de la nueva narrativa sueca o el papel de la crítica en la generación de lectores. Todo ello sumado producía una hueva interplanetaria pero el viaje era de gorra y Gualterio no conocía la ciudad.
Uno de los participantes se presentó después de una sesión matutina:
--Hugo Marván, escritor chicano—y le extendió una invitación para cenar en su casa esa noche.
Gualterio, un poco sorprendido por la imbecilidad de la presentación, equivalente a decir: “Gualterio Ralein, narrador heterosexual”, aceptó y se presento esa noche en el suburbio de River Forest con una botella de tequila y flores para la esposa chicana.
Todo marchaba razonablemente bien hasta el momento en que se le ocurrió sacar un cigarro. La esposa del escritor chicano lo miró como se mira a una plaga de langostas y el anfitrión le explicó con mucha amabilidad que en esa casa, que era la de él, no se podía fumar, pero le indicó que podía salir al porche.
Lo que el anfitrión no le dijo y esa era justamente la información relevante es que en el mes de enero la temperatura en el porche y el resto de la ciudad era de veinte grados bajo cero. La devastación polar le provocó entumecimiento de la rete testis y en general de todo el cuerpo que se negó a seguir metabolizando por lo que tuvo que entrar de regreso, sin fumar y con la cara de un refugiado de guerra. Para reponerlo lo embriagaron con brandy y regresó a su hotel hecho una porquería beoda.
En ese momento no fue capaz de percibirlo, como nadie advierte un tsunami que se la viene encima, pero los cruzados de la salud habían afilado sus armas y él, junto con millones de fumadores gozosos era el enemigo. Pocas cosas como un cigarro, pensaba, después de comer, echando tragos con los cuates o el legendario post copulatorio, que era su favorito. Todo eso empezaba a irse al carajo.
Pronto las señales se agravaron; los vuelos comerciales prohibieron el fumar a bordo, lo mismo que los cines y en las ciudades estadounidenses se generó una cruzada ligeramente histérica que lo dejó muy solo con su vicio. Una vez en un viaje a Disneylandia con sus hijos y después de saludar al osito Pooh y verle las tetas a Blancanieves, sintió ganas de fumar, entonces se dio cuenta que en las cuarenta hectáreas del parque se había habilitado una especie de mazmorra de cuatro por cuatro para la gente viciosa. Entró y de inmediato se deprimió; aquello parecía un fumadero de opio y la facha de sus acompañantes era simplemente lamentable. Viejas chotas y desechos de guerra de barba crecida con chamarras en estado de descomposición. Uno de ellos se le acercó y cuando se enteró que Gualterio era mexicano le explicó con lujo de detalle que tenía un hermano preso en Tijuana, por lo que nuestro sufrido héroe decidió retirarse prudentemente en dirección a Tribilín.
Mierda.
La cruzada avanzaba a pasos agigantados, un día en el aeropuerto de Atlanta tuvo que salir corriendo a la calle y recibió una multa de un policía que era hermano gemelo de Zamorita quien le indicó que no se podía fumar ¡en la vía pública! Porque se trataba de una zona federal.
Todo empeoró; Sacar un cigarro en prácticamente cualquier condición provocaba invariablemente miradas que mediaban entre el desprecio y la lástima ajena por la falta de voluntad propia. Luego vinieron los hijos a los que una nube docente les explicó con tenacidad de hormiga que su padre se mataba y los mataba día a día. Era una joda irremediable que lentamente le fue generando la conciencia de que los fumadores se habían vuelto el equivalente moderno de los leprosos en la edad media.
El cigarro le costó su primer matrimonio, estaba casado con una mujer que era un híbrido entre el Mahatma y Deepak Chopra; se vestía con ropa típica, hacía yoga y era macrobiótica lo que para Gualterio significaba comer semillas de girasol de lunes a viernes. Ella no soportaba el humo del cigarro por lo que la casa de Gualterio era una versión nacional de la del escritor chicano. Ante la disyuntiva de ultimatum de “el cigarro o yo”, no hubo que pensárselo dos veces y así se ganó una demanda de divorcio que lo dejó tuerto.
Cuando los asambleístas decidieron que ya estaba bueno y tomaron la iniciativa de prohibir el tabaco en lugares como bares y restaurantes, Gualterio capituló pensando respetuosamente que ya podían legislar acerca de su chingada madre.
--¿Por qué si un marrano se sienta en un restaurante no se legisla para impedirle que se coma medio kilo de aguayón? –argumentaba encabronado— Mis impuestos van a tener que pagar su arterioesclerosis o la pinche diabetes ¿qué no es lo mismo?
Pero todo estaba perdido es por ello que en la mesa del comedor hizo el anuncio lo mismo que una cita con su dentista para que le limpiara las manchas de nicotina y así empezar de cero su nueva y saludable vida.
El problema es que Gualterio era un hombre carente de fuerza de voluntad; a las doce horas del anuncio sintió que se moría; las manos le temblaban y un sudor frío le recorría el cuerpo. La ausencia de nicotina, por otro lado, lo estaba poniendo de un humor de los mil diablos que estalló en el momento que una anciana se le quedó viendo de coche a coche:
--¡Qué me ve vieja puta¡ --una reacción que ciertamente le preocupó por lo que tomó la determinación de volverse un fumador clandestino para evitar exabruptos de ese calibre.
Entonces Gualterio inició una serie de ritos más complicados que los de los indios seminoles; en las mañanas cuando bajaba a calentar el coche fumaba a velocidad de rayo antes que sus hijos lo sorprendieran. Entraba al baño e invertía media hora en ventilar todo antes de salir por lo que su esposa le recomendó una visita al gastroenterólogo. Consiguió un aromatizante que olía a entrepierna de caballo para que el olor a humo de tabaco no lo delatara y ejerció largos procesos de vigilia que en dos semanas le provocaron unas ojeras temibles. Su proceso creativo tenía tan buen rumbo como el Titanic; se sentaba frente a la máquina para tratar de escribir y las ideas cada vez eran más esquivas. Un día tecleó algo que le pareció una mierda irremediable y decidió actuar.
Se trataba del doctor Hiriart un hombre formado en la escuela Gestalt que lo recibió en su consultorio la tarde de un viernes. Era un tipo inquietante con barba blanca y gafas de miope que miraba a los ojos y no parpadeaba. El consultorio estaba atiborrado de diplomas con un par de sofás desvencijados en medio de la pieza. Cuando Gualterio le contó su problema el doctor Hiriart respondió algo que le hizo sospechar acerca de una severa falta de irrigación sanguínea en el hipotálamo del especialista:
--Imagine que soy un cigarro.
Gualterio abrió un poco los ojos tratando de adivinar alguna broma, que por otro lado sería de muy mala madre a ochocientos pesos la hora.
El doctor Hiriart no bromeaba, se puso de pié y se alzó los pantalones mostrando unos calcetines de rombos y un par de pantorrillas del color de la parafina. Mierda.
--Imagine que mis calcetines son el filtro de su cigarro y el resto de mi cuerpo el papel de arroz que envuelve el tabaco que usted tanto desea ¿qué siente?
--Qué está haciendo el ridículo doctor—contestó Gualterio con sinceridad desmoralizante.
Hiriart hizo una mirada de conmiseración y le dijo:
--Así no vamos a ninguna parte, tiene usted que dejar que sus sentidos se expresen, que fluyan salga de esa coraza de realidad que lo aprisiona.
--¿Qué quiere que le diga doctor? ¿Qué me lo estoy fumando?
--Precisamente ¿qué siente?
Gualterio que empezaba a renunciar a su dinero y a la terapia le siguió la corriente.
--Que es usted un cigarrote.
--¿Y qué más?
--Que lo prefiero sin filtro.
--No mame ¿se está burlando de mí?
--No doctor sería incapaz, eso pienso.
El doctor Hiriart se bajó los calcetines
--¿Y ahora?
--Siento culpa de fumármelo.
--Eso es un gran avance amigo mío.
--¿Usted cree?
--Por supuesto, en realidad es justamente lo que debe pensar, que el cigarro es una víctima que será incendiada y consumida por usted. Vuelva el martes.
Gualterio no sabía si el doctor Hiriart era imbécil o nomás heterodoxo. Sin embargo asintió y salió para siempre de la consulta prendió un cigarro y decidió cambiar de estrategia, no sin antes hacer una llamada telefónica para mentarle la madre a su amigo Guillermo que era el autor de la recomendación terapéutica.
Fue entonces que le sugirieron la hipnosis, después de la experiencia del hombre-cigarro Gualterio estaba escéptico pero aceptó ir a una sesión. Se imaginaba a un señor con turbante y un llavero que pasaría ante sus ojos mientras le decía “tienes sueño, mucho sueeeño”. En realidad se trataba de una señora gorda a la que le explicó su problema, ella le dijo a su vez que lo iba a hacer entrar en trance y decirle cosas como: “el cigarro es tu enemigo” o “tu cuerpo merece ser protegido”. La sesión sería grabada para que Gualterio la pudiera observar más tarde. La gorda lo miró fijamente como si se lo quisiera fajar y luego le pidió que contara del uno al cien mientras ponía una esfera de metal con pila frente a sus ojos.
En el número sesenta y siete empezaba a estar claro que la estrategia no estaba funcionando pero finalmente Gualterio cerró los ojos con cierto fingimiento y quedó efectivamente dormido.
Cuando despertó le dolía la cabeza y la gorda le explicó que todo había salido muy bien mientras le mostraba un video en el que se veía a Gualterio en la misma pose de un borracho perdido diciendo cosas como “ya no quiero fumar” y “amo a mis hijos”.
El problema es que al salir de la consulta no solo sintió ganas imperiosas de un cigarro, sino un profundo asco al pasar por un puesto de tacos de longaniza que no cedió en toda la tarde. Aparentemente la gorda lo había convertido en un vegetariano estricto porque sus nauseas de embarazada se quedaron con él un largo tiempo. Esta vez la mentada de madre fue para sí mismo y se prometió no volver a buscar terapeutas en la red.
Gualterio recurrió a folletos y consejos por internet, la mayoría de ellos redactados por imbéciles que explicaban que “hay que dejar de fumar por el cuidado de nuestra salud” o “tome siete litros de agua” y “compre la marca de cigarros que menos le guste”. Luego eligió unos parches que, dado que seguía fumando, inundaron su cuerpo de nicotina y lo hicieron ver las cosas borrosas y perder la memoria de corto plazo dos semanas. Mierda.
Una noche tuvo un sueño; se encontraba debajo de un puente y de pronto se le aproximó un anciano.
--¿Quién eres? –preguntó Gualterio.
--Soy Dios ¿un cigarrito? --y le ofreció un paquete
Gualterio tomó el cigarro, pensando que no creía en Dios.
--¿Pero Dios fuma?
--¿Por qué no habría de hacerlo? Siempre he pensado que es muy relajante.
--¿Pero y la salud?
--Te recuerdo que soy Dios, pero por otro lado creo que se preocupan demasiado. Un cigarro ha mantenido con esperanza a un soldado en la trinchera y ha hecho la espera de alguien amado mucho más llevadera. Un cigarro como este, también, ha permitido a un padre esperar el nacimiento de su hijo en la antesala de un hospital. No le veo nada malo.
Gualterio despertó entre sudores con ganas de un cigarro.
Aquello no era sostenible lo había probado todo; boquillas de Cruela de Vil, tomar un vaso con agua y restos de cenizas, observar una galería de fotos de pulmones con enfisema que parecían tacos de chicharrón prensado y nada surtía efecto. La clandestinidad de su vicio, por otro lado, lo hacía sentir profundamente culpable, en síntesis, no era feliz. Entonces claudicó por segunda vez…
--Voy a volver a fumar—anunció en la misma mesa
Y dado que no le interesaba la longevidad de la gente sana lo hizo. Su creatividad aumentó significativamente, dejó de tener sueños extraños y lo celebró con unos tacos de longaniza luego de un extraordinario lance amoroso con su mujer.
… Y volvió a ser feliz. Que no es poca cosa en estos tiempos de canallas, herederos del saludable doctor Kellog que un Dios fumador debería podrir en el infierno.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Léperos (Milenio 2009)

Leo la siguiente nota de María Teresa Montaño, publicada el 6 de febrero en El Universal: El ayuntamiento de Toluca sancionará con arrestos de 12 a 36 horas a todos los que violenten las normas de orden público relacionadas, entre otras, con emitir groserías en la calle, portar navajas y violentar los derechos de grupos vulnerables como indígenas, niños de la calle y ancianos. Estas nuevas sanciones, que contemplan los arrestos mínimos, no excluyen a los menores ya que los tutores deberán responder en su lugar cuando infrinjan las disposiciones del bando en materia de orden público. Luego de colocar la edición de este año del Bando Municipal, el alcalde de la capital, Juan Rodolfo Sánchez Gómez, señaló que esta vez ningún “mañoso se saldrá con la suya” tras cometer una infracción y todos pasarán por lo menos un día bajo arresto o 12 horas al menos.
Lo primero que hay que decir es que lo que pasa es que el Bando está borracho, ya que mete en la misma cartera asuntos como patear a un anciano o gritarle “pendejo” a alguien que perfectamente podría merecer tal adjetivo. Lo segundo es más escalofriante aún; si yo tengo un hijo que se llama Juanito y tiene boca de carretonero, corro el riesgo de ir al bote en caso de que a la criatura se le ocurra gritar una peladez. Un tercer elemento nada desdeñable se relaciona con la declaración del alcalde (y estadista) Sánchez en el sentido de que ningún “mañoso se saldrá con la suya”. ¿Mañoso? –se pregunta dentro de mí eso que llaman el sentido del ridículo- ¿quién carajo dice “mañoso” en estos tiempos? Mi sensación es que es un término que podría utilizar mi bisabuela para referirse a un señor que le miraba con cierta lubricidad los tobillos: “viejo mañoso”, pero en fin. Sin embargo, el punto más relevante de la prohibición que relato se relaciona con el término “grosería” que, me parece, es tan claro como el canal del desagüe y que el diccionario de la Real Academia define como: Descortesía, falta grande de atención y respeto.
Si nos atenemos al pie de la letra académica los primeros que deberían ir al tambo son justamente los presidentes municipales ya que me parece una profunda descortesía que salgan a la calle con chamarras de cuero que huelen a entrepierna y unos botines que les llegan a los tobillos, tienen cierre y permiten que se vean sus calcetines blancos. Pero no divagaré; sigo sin saber con claridad que es una grosería; asuntos de salva como “tonto”, menso” o gaznápiro” ¿cuentan? ¿es más grave decirle a alguien que es un pendejo, que llamarlo imbécil? Misterios. Pongamos un ejemplo: si uno se quiere referir a un señor tirado en el piso al rayo del sol de la siguiente manera: “Pinche Efraín huevón, a ver si levantas las nalgas y te pones a trabajar” ¿debe ir preso? O debe decir “Efraín, querido, ¿harías favor de retirar tu posición de decúbito dorsal y regresar a cumplir con tus obligaciones” Misterio segundo.
Otro problema que le veo al bando tiene que ver con quién emite y quién recibe el madrazo verbal. Como es ampliamente sabido los jóvenes han convertido la palabra “buey” en una bandera semántica que enmascara sus profundas limitaciones ¿qué va a pasar si un amigo le dice al otro? “no buey”, de acuerdo a la letra de la ley deberá ir preso, en caso de que haya un policía con el oído atento (los policías, como se sabe, son todos académicos de la lengua). Pero qué pasa si el buey le dice al policía “no, joven, me dice buey de cariño, así nos llevamos” ¿ello debería generar una exoneración? La verdad es que no lo sé.
Lo único que me queda claro a estas alturas del partido es que el talento de nuestros gobernantes para regular el orden público es tan nuevo como la Edad Media, entre minifaldas, besos con lujuria, fumadores asquerosos y ahora léperos se nos va la vida. Es por ello que declaro solemnemente que, me gustan las minifaldas, dar besos, fumar como chacuaco y decir cosas como “ah que la chingada” cada que encuentro cosas como la que leí el 6 de febrero.