La primera revelación acerca de una señorita que es cantante y se llama Britnney Spears, provino de un amigo mío llamado Memo que expresó con cierta vulgaridad: “que vieja más buena”. Efectivamente, era una rubia buenona que en un programa de televisión salía con orejas de mausquetero, lo cual debe ser un aviso contundente de que algo no anda bien en la vida y que nos señala estadísticamente que el coeficiente intelectual de la joven Britania es inversamente proporcional a su talla de brasier. Esta afirmación que podría parecer ligera y superficial fue confirmada por varios sucesos que he tenido el gusto de presenciar viendo un programa para idiotas (nótese mi sentido de autocrítica) que pasa en la televisión de seis a siete y en el que se nos hace saber acerca de la vida de los famosos.
El primer evento climático que me receté consistió en la noticia de que la buenona se tomó hasta la glostora acacia en Las Vegas y decidió matrimoniarse con un jovenazo que no supo las placas del camión que lo atropelló y del que se separó días después sin darle pensión ni acogerse a la ley de convivencia. No Seré yo quien la juzgue ya que en una ocasión ingerí cantidades similares de un producto embriagante y amanecí en una cama que no era la mía con una señora que tampoco lo era y que en ese momento me pintaba un ojo en la barriga con pinceles del 2, mientras decía que el citado apéndice visual era “para tomar energía”. Acto seguido y en medio de una canción cuyo nombre desconozco, la señorita Spears se dio un besazo que ha provocado diversas fantasías, señaladamente las de señores gordos en camiseta que matarían a su madre por presenciar tal espectáculo en la sala de su casa mientras se comen un plato de pistaches.
Entiendo que la buenona se casó con un señor que es mequetrefe y se llama Kevin Federline, cuya principal virtud es vestirse como se viste alguien que no tiene sentido de la moda y usar un sombrero igualito a los que usaba el inspector de las películas de el Santo. Durante el embarazo la señorita Spears aumentó doscientos kilos y logró emular el aspecto de cualquier señora que es gringa y se come media ternera en la merienda. Producto de tan fecunda relación con el del sombrerito nació una niña o un niño (no lo sé) que aparentemente no tiene culpa ni vela en el entierro de ser engendrado por este par.
Luego la cosa se descompuso y vino el divorcio por lo que nuestra heroína tomó la decisión de darle carpetazo al mantenido de su esposo e inició otra relación, esta vez con una señorita que se llama Paris Hilton que a todas luces tiene una capacidad cerebral equivalente a la del burro de planchar que hay en mi casa. Ambas rubias decidieron entrar en un proceso festivo similar a los que organizaba el emperador Nerón pero parece que luego (siguiendo los consejos de Ernesto Zedillo) tomaron una sana distancia después de una fotografía en la que la señorita Spears mostró el páncreas en cadena nacional.
El último acto de esta comedia de grand guignol fue protagonizado recientemente; me hallaba yo muy a gusto con las patas arriba de un sofá cuando me percaté de un señor igualito a Chabelo nomás que rapado. Cuando enfoqué descubrí con horror que era Britnney en la peluquería después de tomar la decisión de afiliarse a los Hare Krishnas (por lo menos eso pensé). Luego se fue a tatuar y la dueña del salón con sorprendente visión comercial decidió subastar la cabellera en un millón de dólares lo que me dejó pensando en que hay mucha gente imbécil en este planeta.
Ignoro qué va a ocurrir, mis fuentes me explican que Britnney a se volvió a internar y le ahorró el rape a la institución siquiátrica yo francamente deseo que se vuelva a poner buenona, que se deje crecer la cabellera y viaje a Londres con el saludable fin de darle otro llegue a Madonna para beneficio de la humanidad… y de los señores gordos
viernes, 7 de agosto de 2009
jueves, 6 de agosto de 2009
Perros (El Financiero 2001)
Supongo que el primer perro que se acercó a una fogata con la saludable intención de merendarse a un hombre primitivo se sorprendió cuando su cena, es decir el hombre primitivo, le aventó un pedazo de carne y de esa manera descubrió que era infinitamente más cómodo dejar que estos señores de taparrabos salieran en masa a exponer la piel frente a un mamut mientras él movía la cola. A partir de ése momento se generó una relación que con altas y bajas se mantiene constante y fraterna y nos ofrece múltiples enseñanzas sobre la vida humana.
Existe, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, normalmente la fobia se construye el día que alguien de cinco años que se llama Juanito está llenando una cubetita con lodo y de pronto se acerca un dogo siberiano y pega un ladrido a traición que en el mejor de los casos solo deja un miedo indeleble y en el peor produce impotencia y la caída del pelo..
Hace muchos años mi padre (un gran amante de los perros) llevó a casa a una perra que por algún misterio se llamaba Gigi (un nombre ligeramente idiota) con el fin de que nos hiciera compañía. Pues bien, la perra del nombre idiota tuvo a bien morirse y el veterinario (que era doblemente idiota que la difunta) no practicó la autopsia de rigor, ello determinó que hubiera la “ligera sospecha” de que mi hermana Claudia y un servidor podíamos tener rabia, sí, escribí “rabia”. Ante el temor de que a los tres días nos empezara a salir espuma por la boca se recomendó la vacunación. El tratamiento consistió en 14 vacunas en el estómago que dolían hasta el alma (en la primera aplicación le di una patada a la enfermera en un seno) y que nos provocaron una fobia no a los perros pero sí a las inyecciones y un odio muy explicable hacia la figura de Luis Pasteur.
La personalidad de la gente puede descubrirse por el tipo de perros que poseen, lo anterior, que parecería un lugar común, tiene pleno sustento ya que las evidencias de esta verdad científica son innumerables; están por ejemplo los que se sienten comandos justicieros. Estos normalmente se hacen acompañar de un perro doberman o equivalente que está perfectamente entrenado para morderle la yugular a una viejita en el parque. La gente que tiene estos perros usa el pelo corto y camisetas negras muy pegadas al cuerpo e invierte la mitad del día en adiestrar a su animal a base de palos. Huelga decir que entre el gremio de poseedores de perro, éste es el tipo más lamentable.
Otro grupo se dedica a adiestrar perro para competencias caninas, en este caso los canes tienen apelativos extrañísimos, ya que en lugar de que se les ponga Blackie o Nerón, se utilizan nombres como Rowslans Bassen Howladito III. Las competencias se realizan en un auditorio (que debe oler a excremento) y en ellas podemos ver a gente normalmente gorda que expone a sus perros enfrente de los jueces. El mejor momento de la tarde se alcanza cuando los hacen pegar una carrera para que se pueda evaluar su rendimiento, en estos casos los perros lo hacen con solvencia, pero los dueños normalmente van pegando brincos ya que el ritmo del trote no da para una carrerona ni para caminar. El efecto final resulta notabilísimo.
Un tercer tipo de tenedores de perros son aquellos que disfrutan a los animales dominados por la histeria, en estos casos se trata de perros que miden lo mismo que una rata grande y poseen un metabolismo propio de los adictos a la heroína. Estos perros brincan y brincan, lo babean a uno e intentan infructuosamente copular con la rótula de los invitados. Los dueños normalmente son gente muy bruta que le hablan al perro como solo un idiota le podría hablar a un perro: “mi quiquiiiiis, quién es la perritta consentidaaaa, etc”. Una tendencia particularmente perversa es vestirlos con algún tipo de abriguito y cachucha y sacarlos a la calle. Ignoro si los perros poseen el sentido del ridículo del que sus amos carecen pero el espectáculo es ligeramente lamentable y debería motivar a que todas las organizaciones protectoras de animales elevaran su más enérgica protesta en contra de quien resulte responsable.
Existe, por ejemplo, gente que le tiene miedo a los perros, normalmente la fobia se construye el día que alguien de cinco años que se llama Juanito está llenando una cubetita con lodo y de pronto se acerca un dogo siberiano y pega un ladrido a traición que en el mejor de los casos solo deja un miedo indeleble y en el peor produce impotencia y la caída del pelo..
Hace muchos años mi padre (un gran amante de los perros) llevó a casa a una perra que por algún misterio se llamaba Gigi (un nombre ligeramente idiota) con el fin de que nos hiciera compañía. Pues bien, la perra del nombre idiota tuvo a bien morirse y el veterinario (que era doblemente idiota que la difunta) no practicó la autopsia de rigor, ello determinó que hubiera la “ligera sospecha” de que mi hermana Claudia y un servidor podíamos tener rabia, sí, escribí “rabia”. Ante el temor de que a los tres días nos empezara a salir espuma por la boca se recomendó la vacunación. El tratamiento consistió en 14 vacunas en el estómago que dolían hasta el alma (en la primera aplicación le di una patada a la enfermera en un seno) y que nos provocaron una fobia no a los perros pero sí a las inyecciones y un odio muy explicable hacia la figura de Luis Pasteur.
La personalidad de la gente puede descubrirse por el tipo de perros que poseen, lo anterior, que parecería un lugar común, tiene pleno sustento ya que las evidencias de esta verdad científica son innumerables; están por ejemplo los que se sienten comandos justicieros. Estos normalmente se hacen acompañar de un perro doberman o equivalente que está perfectamente entrenado para morderle la yugular a una viejita en el parque. La gente que tiene estos perros usa el pelo corto y camisetas negras muy pegadas al cuerpo e invierte la mitad del día en adiestrar a su animal a base de palos. Huelga decir que entre el gremio de poseedores de perro, éste es el tipo más lamentable.
Otro grupo se dedica a adiestrar perro para competencias caninas, en este caso los canes tienen apelativos extrañísimos, ya que en lugar de que se les ponga Blackie o Nerón, se utilizan nombres como Rowslans Bassen Howladito III. Las competencias se realizan en un auditorio (que debe oler a excremento) y en ellas podemos ver a gente normalmente gorda que expone a sus perros enfrente de los jueces. El mejor momento de la tarde se alcanza cuando los hacen pegar una carrera para que se pueda evaluar su rendimiento, en estos casos los perros lo hacen con solvencia, pero los dueños normalmente van pegando brincos ya que el ritmo del trote no da para una carrerona ni para caminar. El efecto final resulta notabilísimo.
Un tercer tipo de tenedores de perros son aquellos que disfrutan a los animales dominados por la histeria, en estos casos se trata de perros que miden lo mismo que una rata grande y poseen un metabolismo propio de los adictos a la heroína. Estos perros brincan y brincan, lo babean a uno e intentan infructuosamente copular con la rótula de los invitados. Los dueños normalmente son gente muy bruta que le hablan al perro como solo un idiota le podría hablar a un perro: “mi quiquiiiiis, quién es la perritta consentidaaaa, etc”. Una tendencia particularmente perversa es vestirlos con algún tipo de abriguito y cachucha y sacarlos a la calle. Ignoro si los perros poseen el sentido del ridículo del que sus amos carecen pero el espectáculo es ligeramente lamentable y debería motivar a que todas las organizaciones protectoras de animales elevaran su más enérgica protesta en contra de quien resulte responsable.
lunes, 3 de agosto de 2009
Nobles (Milenio 2007)
Hace ya muchos años me encontraba en mi casa en posición de decúbito dorsal con las patas arriba del sofá observando en la televisión los juegos olímpicos de invierno, una actividad anómala en sí misma, ya que en ese momento sacaban la imagen de un grupo de pobres diablos vestidos como tamales mal amarrados portando esquís y con un rifle de municiones por medio del cual le disparaban a presas de fantasía, muy parecidas a los renos que el pendejo de mi vecino pone en su jardín durante la Navidad. Acto seguido fui testigo de un partido de hockey sobre hielo en el que a pesar de mi vista de lince, nunca pude enterarme dónde carajo estaba el disco hasta el momento en que algún jugador escandinavo alzaba los brazos en señal de festejo por lo que yo asumía que se había anotado un gol. La escena cambió y tuve el hondo placer de enterarme con lágrimas en los ojos, que había un señor de nombre Hubertus von Hohenlohe, que en ese momento llegaba en último lugar en la prueba de esquí representando a la nación mexica. Algo no andaba bien; en primer lugar el nombre del compatriota no embonaba con los del registro civil de Tulancingo ni de ningún otro municipio nacional y por otro lado, no tenía yo noticia alguna de que las pruebas invernales se pudieran practicar en nuestro país (con la excepción de la nube de imbéciles que se avientan, con riesgo de su vida, en tinas de azotea cuando cae un poquito de nieve en el Ajusco para luego hacer un muñeco podrido que ponen en el cofre del coche)
Una investigación más profunda me permitió encontrar información que considero invaluable; Hohenlohe, tiene el record de participación en campeonatos mundiales (12) en los cuales ha ocupado la misma posición que el que vende las pizzas en el estadio lo que constituye otro record. Además es definido como “cantante, aristócrata y noble”. Por supuesto si alguien se describiera así no le recomendaría a mi hermana que lo conociera en una cita a ciegas ya que me imagino a uno vestido con mallitas cantando una de Blancanieves y portando un gorro con pluma de perico australiano. Sin embargo, sobre el término “noble” es que quisiera reflexionar un instante.
Cuando se escucha la palabra “noble” se manifiestan dos opciones; por un lado imaginarse a un señor o señora venerable que se viste como capitán de meseros, elevadorista de mansiones o Sisi la emperatriz y que por algún misterio se cruza el pecho con una banda de colores y medallitas asociadas. Este personaje es impasible, nada le perturba y bajo ningún motivo ni condición puede darse el lujo de perder el estilo. Sabe qué cubiertos usar y está habituado a saludar a caravanazos y no dando la mano como usted y yo lo hacemos. Le encanta la buena vida y gracias a los impuestos ciudadanos cena perdices o faisán en lugar de enchiladas potosinas o sopa de cabellitos de elote. Las nobles de abolengo utilizan unos gorritos escalofriantes (si lo duda, querido lector, digite “Ascott” en su buscador y se encontrará con algunos modelos dignos de una demanda penal), guantes de ratero y les gusta subirse en carruajes conducidos por caballos que estercolan la vía pública.
La segunda opción tiene que ver con los nobles jóvenes que han demostrado a cabalidad que son una raza parásita; asisten a fiestas del emperador Calígula y cometen desfiguros permanentes a costa, también, de los impuestos ciudadanos. Es el caso de la princesa Estefanía, que conoció en el sentido bíblico a su guardaespaldas y luego a un cirquero, o de uno de los dos príncipes de Inglaterra (cuyo nombre no recuerdo y de hecho me vale madre) que asistió a una fiesta de disfraces con uniforme de la Gestapo, sin que nadie tuviera el buen gusto de advertirle que solo un imbécil haría algo así. Esta creme de la creme, es acosada por fotógrafos también imbéciles cargados con telefotos que sirven a reportajes idiotas para que toda la gente que sufre retardo mental (que es abundantísima) los pueda ver en revistas de lesa humanidad como el Hola: “Muy enamorada se vio a la princesa de Saxogenburgo” o “Carlos de Lichensgarten celebra su cumpleaños en su castillo de Iridia ¡estaba radiante!”.
Bien, debo decir que en ambos casos no entiendo absolutamente nada; ¿cuál es la razón por la que un ser humano por la sola cuestión (dependiente por completo del azar y la unión de un óvulo con un espermatozoide) de haber nacido hijo de fulanito tenga el derecho a reinar sobre un pueblo? Misterio ¿quiénes son los idiotas que aceptan una condición así? Misterio doble. ¿Y si resulta un imbécil incapaz de gobernar no sería mejor deponerlo? Misterio número tres. Evidentemente la monarquía es tan moderna como la danza del fuego y sin embargo no deja de llamarme la atención la actitud reverencial (y cortesana) de algunos personajes nacionales a los que se les llena la boca recibiendo condecoraciones y añorando a Maximiliano que según la leyenda y pese a todo era un buen hombre vencido por un pastorcito de la Sierra de Ixtlán.
Fue muy divertido ver como algunas buenas conciencias salieron hace unos meses en defensa de Juan Carlos de España quien, con la boca chueca de coraje, mandó callar a Hugo Chávez (otro distinguido personaje). Se emplearon argumentos como el de “hasta que alguien lo puso en su lugar” o “hizo muy bien su majestad en plantársele a ese dictador”. Dios mío.
Se asume que a los representantes de la nobleza se les entrena espartanamente para seguir ciertas costumbres de etiqueta, así si el príncipe Carlos viaja a Borneo sabrá que debe ver a los ojos de la princesa que le ofrece un ramo de flores y no a las chichis erectas de la citada dama que por usos y costumbres ha prescindido del brasier. Se me ocurre también que esta instrucción garigoleada los amaestra para estos juegos de ajedrez de la etiqueta imponiendo reglas como “si este buey es barón y yo príncipe, que me salude primero” o “dado que la reina es ella debo caminar toda la vida tres pasos detrás con cara de que estoy muy feliz”.
Otra costumbre anómala de esta raza es la de ponerse nombres interminables que, por lo menos para mía representan un conflicto logístico. Por ejemplo, una señora que es noble y se llama Cayetana fue a la pila bautismal y después de media hora el pobre cura terminó de recorrer el siguiente apelativo: María del Rosario Cayetana Alfonsa Victoria Eugenia Francisca Fitz-James Stuart y de Silva, XVIII duquesa de Alba de Tormes. Por supuesto nos enfrentamos a un problema, imaginar por ejemplo, el pase de lista escolar o el llamado a comer. En el primer caso cuando el profesor terminó el pinche nombre ya es la hora del recreo y en el segundo la joven duquesa llegaría a los postres.
Como se ve entiendo poco de las cosas de la vida pero eso es consustancial a mi naturaleza y por ello me sigo preguntando cómo en pleno siglo XXI existen majestades a las que hay que honrar en función de su linaje -mucho menos cuando representan a mi país y pierden consuetudinariamente en la autóctona prueba de esquí alpino (una de mis favoritas)
Una investigación más profunda me permitió encontrar información que considero invaluable; Hohenlohe, tiene el record de participación en campeonatos mundiales (12) en los cuales ha ocupado la misma posición que el que vende las pizzas en el estadio lo que constituye otro record. Además es definido como “cantante, aristócrata y noble”. Por supuesto si alguien se describiera así no le recomendaría a mi hermana que lo conociera en una cita a ciegas ya que me imagino a uno vestido con mallitas cantando una de Blancanieves y portando un gorro con pluma de perico australiano. Sin embargo, sobre el término “noble” es que quisiera reflexionar un instante.
Cuando se escucha la palabra “noble” se manifiestan dos opciones; por un lado imaginarse a un señor o señora venerable que se viste como capitán de meseros, elevadorista de mansiones o Sisi la emperatriz y que por algún misterio se cruza el pecho con una banda de colores y medallitas asociadas. Este personaje es impasible, nada le perturba y bajo ningún motivo ni condición puede darse el lujo de perder el estilo. Sabe qué cubiertos usar y está habituado a saludar a caravanazos y no dando la mano como usted y yo lo hacemos. Le encanta la buena vida y gracias a los impuestos ciudadanos cena perdices o faisán en lugar de enchiladas potosinas o sopa de cabellitos de elote. Las nobles de abolengo utilizan unos gorritos escalofriantes (si lo duda, querido lector, digite “Ascott” en su buscador y se encontrará con algunos modelos dignos de una demanda penal), guantes de ratero y les gusta subirse en carruajes conducidos por caballos que estercolan la vía pública.
La segunda opción tiene que ver con los nobles jóvenes que han demostrado a cabalidad que son una raza parásita; asisten a fiestas del emperador Calígula y cometen desfiguros permanentes a costa, también, de los impuestos ciudadanos. Es el caso de la princesa Estefanía, que conoció en el sentido bíblico a su guardaespaldas y luego a un cirquero, o de uno de los dos príncipes de Inglaterra (cuyo nombre no recuerdo y de hecho me vale madre) que asistió a una fiesta de disfraces con uniforme de la Gestapo, sin que nadie tuviera el buen gusto de advertirle que solo un imbécil haría algo así. Esta creme de la creme, es acosada por fotógrafos también imbéciles cargados con telefotos que sirven a reportajes idiotas para que toda la gente que sufre retardo mental (que es abundantísima) los pueda ver en revistas de lesa humanidad como el Hola: “Muy enamorada se vio a la princesa de Saxogenburgo” o “Carlos de Lichensgarten celebra su cumpleaños en su castillo de Iridia ¡estaba radiante!”.
Bien, debo decir que en ambos casos no entiendo absolutamente nada; ¿cuál es la razón por la que un ser humano por la sola cuestión (dependiente por completo del azar y la unión de un óvulo con un espermatozoide) de haber nacido hijo de fulanito tenga el derecho a reinar sobre un pueblo? Misterio ¿quiénes son los idiotas que aceptan una condición así? Misterio doble. ¿Y si resulta un imbécil incapaz de gobernar no sería mejor deponerlo? Misterio número tres. Evidentemente la monarquía es tan moderna como la danza del fuego y sin embargo no deja de llamarme la atención la actitud reverencial (y cortesana) de algunos personajes nacionales a los que se les llena la boca recibiendo condecoraciones y añorando a Maximiliano que según la leyenda y pese a todo era un buen hombre vencido por un pastorcito de la Sierra de Ixtlán.
Fue muy divertido ver como algunas buenas conciencias salieron hace unos meses en defensa de Juan Carlos de España quien, con la boca chueca de coraje, mandó callar a Hugo Chávez (otro distinguido personaje). Se emplearon argumentos como el de “hasta que alguien lo puso en su lugar” o “hizo muy bien su majestad en plantársele a ese dictador”. Dios mío.
Se asume que a los representantes de la nobleza se les entrena espartanamente para seguir ciertas costumbres de etiqueta, así si el príncipe Carlos viaja a Borneo sabrá que debe ver a los ojos de la princesa que le ofrece un ramo de flores y no a las chichis erectas de la citada dama que por usos y costumbres ha prescindido del brasier. Se me ocurre también que esta instrucción garigoleada los amaestra para estos juegos de ajedrez de la etiqueta imponiendo reglas como “si este buey es barón y yo príncipe, que me salude primero” o “dado que la reina es ella debo caminar toda la vida tres pasos detrás con cara de que estoy muy feliz”.
Otra costumbre anómala de esta raza es la de ponerse nombres interminables que, por lo menos para mía representan un conflicto logístico. Por ejemplo, una señora que es noble y se llama Cayetana fue a la pila bautismal y después de media hora el pobre cura terminó de recorrer el siguiente apelativo: María del Rosario Cayetana Alfonsa Victoria Eugenia Francisca Fitz-James Stuart y de Silva, XVIII duquesa de Alba de Tormes. Por supuesto nos enfrentamos a un problema, imaginar por ejemplo, el pase de lista escolar o el llamado a comer. En el primer caso cuando el profesor terminó el pinche nombre ya es la hora del recreo y en el segundo la joven duquesa llegaría a los postres.
Como se ve entiendo poco de las cosas de la vida pero eso es consustancial a mi naturaleza y por ello me sigo preguntando cómo en pleno siglo XXI existen majestades a las que hay que honrar en función de su linaje -mucho menos cuando representan a mi país y pierden consuetudinariamente en la autóctona prueba de esquí alpino (una de mis favoritas)
domingo, 2 de agosto de 2009
Antónimo de anfibología (El Financiero 1996)
Leo, con cierto sobresalto, que 260 mil estudiantes están presentando un examen en el momento que yo redacto estas líneas. ¿Qué les irán a preguntar? ¿Cuántos de ellos llevarán un acordeón? ¿Cuántos una estampita de San Carlos Borromeo? ¿Quiénes le habrán pedido al primo que se las sabe de todas todas que resuelva las preguntas clandestinamente? La verdad es que no lo sé. Lo que sí recuerdo de estos exámenes se remonta al cretácico, cuando yo mismo fui uno de esos estudiantes nerviosos que llegaron con su lápiz del dos esperando un milagro de la guadalupana. La experiencia la puedo catalogar como siniestra y transformadora. Aún no puedo resolver un examen y mucho menos aplicarlo.
Las preguntas que nos hicieron eran extrañísimas y parecían redactadas por alguien que inhalaba tíner o era de plano idiota perdido. Había unas facilísimas, categoría en la que cabía el antónimo de blanco, y otras que no hubiera contestado Von Braun. Recuerdo por ejemplo que una de matemáticas decía más o menos así: "Hay una cubeta con nueve litros de agua de chía; Juan llega primero y se toma dos terceras partes, luego Federico toma un octavo y Luisito, que llegó al último, solamente toma un noveno. ¿Cuánto líquido queda en la cubeta?" Al recibir la pregunta puse los ojos en blanco y me quedé pensando en Juan, en Luisito y en la tiznada madre del autor de la idea. Luego descubrí que la única proporción que me sabía era la de 1/4, que era la probabilidad de acertar la respuesta al tin marín... aún no sé el resultado y así me fuera la vida en ello (por ejemplo que Demi Moore ofreciera establecer comercio carnal a cambio de la respuesta) no sabría qué contestar.
Exámenes.
Otro momento alucinante ocurrió durante las preguntas de historia. En muchas de ellas se trataba de establecer cronologías y entonces había que decir qué fue primero si la conquista o la reforma. Supongamos (sin conceder) que el asunto no tenía chiste, pero ¿qué pasaba si entre las etapas históricas alguien con muy mala leche o muy mala madre introducía el término "segundo imperio", que fue exactamente lo que ocurrió? Yo, que me enteré esa mañana de dicho concepto, estuve tentado de escribir Napoleón Bonaparte, y volví al tin marín. Cuándo le expliqué más tarde a mi señora madre --que compartía todos mis méritos académicos-- el asunto y ella me explicó a su vez que la pregunta se refería a Maximiliano, me di un tope en la cabeza y sentí que la vida no valía nada.
En biología la cosa no estuvo nada fácil. Se preguntaba, por ejemplo: de las siguientes opciones ¿cuál representa a una dicotiledónea? y luego se enlistaban: las fanerógamas, los frijoles, las cucurbitáceas y las melastomatáceas. En ese caso opté (correctamente) por la única respuesta que me sonaba familiar, que era la de los frijoles y santo remedio.
Al momento de terminar el examen con mi lápiz del dos, decidí que si me aceptaban sería sólo porque Dios sí existía y durante los dos meses que tardaron en llegar los resultados sufrí una seria transformación espiritual. En esos tiempos era de todos conocido que si el resultado llegaba en un sobre gigante, el asunto había valido madre y si, en cambio, venía en un sobrecito no podrían ser otra cosa que buenas noticias. Al final llegó un sobre de tamaño normal en el que se me anunciaba que había sido aceptado. Mi regocijo se vino abajo ante el ácido comentario de alguien que hoy quiero mucho, que dijo: "Pues sí, siempre hay gente más pendeja que uno".
Francamente espero que los pobres 260 mil estudiantes no pasen ese trago amargo. Que se haya decidido que hay cosas más importantes en la vida que el agua de chía y las cucurbitáceas, y que el señor que hacía los exámenes se haya muerto. Vaya pues mi simpatía para los que estudiaron, para los que no estudiaron y para los que van a volar. En ese caso, la mejor estrategia es buscar a alguien que tenga peor cara y sentirse satisfecho a cambio del dolor ajeno.
Las preguntas que nos hicieron eran extrañísimas y parecían redactadas por alguien que inhalaba tíner o era de plano idiota perdido. Había unas facilísimas, categoría en la que cabía el antónimo de blanco, y otras que no hubiera contestado Von Braun. Recuerdo por ejemplo que una de matemáticas decía más o menos así: "Hay una cubeta con nueve litros de agua de chía; Juan llega primero y se toma dos terceras partes, luego Federico toma un octavo y Luisito, que llegó al último, solamente toma un noveno. ¿Cuánto líquido queda en la cubeta?" Al recibir la pregunta puse los ojos en blanco y me quedé pensando en Juan, en Luisito y en la tiznada madre del autor de la idea. Luego descubrí que la única proporción que me sabía era la de 1/4, que era la probabilidad de acertar la respuesta al tin marín... aún no sé el resultado y así me fuera la vida en ello (por ejemplo que Demi Moore ofreciera establecer comercio carnal a cambio de la respuesta) no sabría qué contestar.
Exámenes.
Otro momento alucinante ocurrió durante las preguntas de historia. En muchas de ellas se trataba de establecer cronologías y entonces había que decir qué fue primero si la conquista o la reforma. Supongamos (sin conceder) que el asunto no tenía chiste, pero ¿qué pasaba si entre las etapas históricas alguien con muy mala leche o muy mala madre introducía el término "segundo imperio", que fue exactamente lo que ocurrió? Yo, que me enteré esa mañana de dicho concepto, estuve tentado de escribir Napoleón Bonaparte, y volví al tin marín. Cuándo le expliqué más tarde a mi señora madre --que compartía todos mis méritos académicos-- el asunto y ella me explicó a su vez que la pregunta se refería a Maximiliano, me di un tope en la cabeza y sentí que la vida no valía nada.
En biología la cosa no estuvo nada fácil. Se preguntaba, por ejemplo: de las siguientes opciones ¿cuál representa a una dicotiledónea? y luego se enlistaban: las fanerógamas, los frijoles, las cucurbitáceas y las melastomatáceas. En ese caso opté (correctamente) por la única respuesta que me sonaba familiar, que era la de los frijoles y santo remedio.
Al momento de terminar el examen con mi lápiz del dos, decidí que si me aceptaban sería sólo porque Dios sí existía y durante los dos meses que tardaron en llegar los resultados sufrí una seria transformación espiritual. En esos tiempos era de todos conocido que si el resultado llegaba en un sobre gigante, el asunto había valido madre y si, en cambio, venía en un sobrecito no podrían ser otra cosa que buenas noticias. Al final llegó un sobre de tamaño normal en el que se me anunciaba que había sido aceptado. Mi regocijo se vino abajo ante el ácido comentario de alguien que hoy quiero mucho, que dijo: "Pues sí, siempre hay gente más pendeja que uno".
Francamente espero que los pobres 260 mil estudiantes no pasen ese trago amargo. Que se haya decidido que hay cosas más importantes en la vida que el agua de chía y las cucurbitáceas, y que el señor que hacía los exámenes se haya muerto. Vaya pues mi simpatía para los que estudiaron, para los que no estudiaron y para los que van a volar. En ese caso, la mejor estrategia es buscar a alguien que tenga peor cara y sentirse satisfecho a cambio del dolor ajeno.
viernes, 31 de julio de 2009
Leprosos (Milenio 2008)
De los primeros leprosos que tuve noticia son los que aparecen en Ben Hur; los recuerdo confinados en un valle de miedo mientras perdían la nariz de un estornudo. En este tragedión la madre y la hermana de Ben Hur han contraído la enfermedad y él va a buscarlas en una escena que aun recuerdo entre pesadillas. Cuando pregunté la razón de este aislamiento se me explicó didácticamente que “la lepra era una cosa de mucho contagio” y di por bueno el razonamiento, aunque años después me surgió la duda de si no habría formas más humanitarias de tratar a esta pobre gente.
El problema es que en estos tiempos modernos he adquirido una condición similar a la de un leproso y procederé a explicarme. Estaba yo el otro día escribiendo algo que no me importa ni a mí en un agradable salón que utilizo hace algunos años, cuando de la nada apareció una señora de 115 años que me puso un sustazo a traición. Venía acompañada de una empleada y me preguntó por la espalda: “¿ya no está fumando?”. Un servidor que en ese momento tenía las dos manos en el teclado elevé los ojos al cielo, me repuse de la taquicardia y sintiéndome muy listo respondí: “es evidente que no”. Acto seguido la vieja decrépita y la empleada procedieron a explicarme que de acuerdo a la nueva ley estaba prohibido fumar en ese espacio y que por favor lo dejara de hacer ya que “dañaba su salud y era una inconciencia”. La tentación era mucha para mandarlas a la chingada pero soy un hombre prudente, así que decidí retirarme de un lugar que me es grato y al que no pienso volver.
Veamos, se argumenta que la gente que fuma es una especie de asesina silenciosa nomás que con colillas en la mano. Los mojigatos del mundo han emprendido una cruzada bajo el ostensible argumento de que los no fumadores no tienen por que inhalar tanta porquería y que sus derechos deben ser respetados. No soy tan idiota para negar cierta razón al argumento, sin embargo las medidas cautelares empleadas reducen todo a una proscripción leprosa que ayuda poco a la ya de por si vapuleada convivencia en esta ciudad. Utilizando un argumento similar yo podría decir que los camiones de ruta (del gobierno) me emiten CO2 en la cara y además de dejarme tiznado me llevan a una muerte temprana. Argumentaría también que la clase dorada, que se va en avión a mamadencias como Vail está emitiendo, vía el aeroplano en el que viaja, una cantidad de sustancias que me son nocivas pero –lo expliqué ya- no soy tan idiota para pedir que se prohíban los vuelos comerciales. Podría también decir que le hecho de que las licencias de conducir se den de “buena fe” produce mucho idiota al volante con la capacidad de dañar la salud del prójimo debido a un atropellamiento masivo o que la venta de alcohol genera que a la gente se le desarmen las entendederas y se quiera madrear con el prójimo (lo que también daña la salud).
La gente que no fuma se encuentra empoderada; uno lo advierte cada que saca un cigarro y los no fumadores nos observan como se observa a una plaga de langostas o menean las manos espasmódicamente para evitar que el humo entre en su nariz. Son inconfundibles mirándonos con una mezcla que media entre el desprecio y la conmiseración. Aparentemente nadie advierte que estamos dividiendo a la sociedad (una vez más) en opresores y oprimidos. No tengo la menor duda que la corrección política (esa lacra postmoderna) en un rato permitirá que la gente presente demandas porque su vecino usa celular y las ondas electromagnéticas son las responsables de un tumor cerebral, créanme no tardamos en llegar a tal imbecilidad
Los que fumamos entendemos que hacerlo es un placer al que es difícil renunciar y asumo que nos atenemos a las consecuencias. Mi atenta súplica es que nos den un poco de aire (o nicotina, quizá) no sea que iniciemos una revolución bajo el lema de que los pulmones son de quien los trabaja y de nadie más.
El problema es que en estos tiempos modernos he adquirido una condición similar a la de un leproso y procederé a explicarme. Estaba yo el otro día escribiendo algo que no me importa ni a mí en un agradable salón que utilizo hace algunos años, cuando de la nada apareció una señora de 115 años que me puso un sustazo a traición. Venía acompañada de una empleada y me preguntó por la espalda: “¿ya no está fumando?”. Un servidor que en ese momento tenía las dos manos en el teclado elevé los ojos al cielo, me repuse de la taquicardia y sintiéndome muy listo respondí: “es evidente que no”. Acto seguido la vieja decrépita y la empleada procedieron a explicarme que de acuerdo a la nueva ley estaba prohibido fumar en ese espacio y que por favor lo dejara de hacer ya que “dañaba su salud y era una inconciencia”. La tentación era mucha para mandarlas a la chingada pero soy un hombre prudente, así que decidí retirarme de un lugar que me es grato y al que no pienso volver.
Veamos, se argumenta que la gente que fuma es una especie de asesina silenciosa nomás que con colillas en la mano. Los mojigatos del mundo han emprendido una cruzada bajo el ostensible argumento de que los no fumadores no tienen por que inhalar tanta porquería y que sus derechos deben ser respetados. No soy tan idiota para negar cierta razón al argumento, sin embargo las medidas cautelares empleadas reducen todo a una proscripción leprosa que ayuda poco a la ya de por si vapuleada convivencia en esta ciudad. Utilizando un argumento similar yo podría decir que los camiones de ruta (del gobierno) me emiten CO2 en la cara y además de dejarme tiznado me llevan a una muerte temprana. Argumentaría también que la clase dorada, que se va en avión a mamadencias como Vail está emitiendo, vía el aeroplano en el que viaja, una cantidad de sustancias que me son nocivas pero –lo expliqué ya- no soy tan idiota para pedir que se prohíban los vuelos comerciales. Podría también decir que le hecho de que las licencias de conducir se den de “buena fe” produce mucho idiota al volante con la capacidad de dañar la salud del prójimo debido a un atropellamiento masivo o que la venta de alcohol genera que a la gente se le desarmen las entendederas y se quiera madrear con el prójimo (lo que también daña la salud).
La gente que no fuma se encuentra empoderada; uno lo advierte cada que saca un cigarro y los no fumadores nos observan como se observa a una plaga de langostas o menean las manos espasmódicamente para evitar que el humo entre en su nariz. Son inconfundibles mirándonos con una mezcla que media entre el desprecio y la conmiseración. Aparentemente nadie advierte que estamos dividiendo a la sociedad (una vez más) en opresores y oprimidos. No tengo la menor duda que la corrección política (esa lacra postmoderna) en un rato permitirá que la gente presente demandas porque su vecino usa celular y las ondas electromagnéticas son las responsables de un tumor cerebral, créanme no tardamos en llegar a tal imbecilidad
Los que fumamos entendemos que hacerlo es un placer al que es difícil renunciar y asumo que nos atenemos a las consecuencias. Mi atenta súplica es que nos den un poco de aire (o nicotina, quizá) no sea que iniciemos una revolución bajo el lema de que los pulmones son de quien los trabaja y de nadie más.
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